lunes, septiembre 01, 2008

Un músculo azul

No sé qué pasa afuera. No sé cuanto tiempo llevo aquí, atenta, callada. Aunque el miedo me ha quitado el hambre el único sonido que me ha sobresaltado es el de mi estómago, que ha rugido un par de veces para demostrar que debo llevar muchas horas sin comer. Mi respiración se ha hecho queda y no quiero hacer ningún movimiento que me delate ni que me impida escuchar cualquier sonido. Afuera no hay donde huir, pero aquí tampoco estoy segura, sólo he ganado un poco de tiempo.

Me da por recordar la cena en Montpellier. Fue la última vez que comimos en tierra antes de zarpar. Philippe estaba radiante; habíamos empezado a salir hacía tres años y desde entonces planeaba este viaje. Decía que no estaba hecho para estar encerrado en una oficina y que trabajar solo servía para pagar un sueño: comprar un velero y darle la vuelta al mundo. Todos los veranos desde que tenía diez años zarpaba con sus padres, pero lo que ahora él quería era una experiencia de absoluta libertad, condicionada solo por las estaciones, las mareas y los vientos. Yo apenas había navegado, pero una noche llegué a casa, harta de mi trabajo, de los vecinos, de las noticias del periódico y de un futuro que parecía lleno de hartazgos. Philippe me esperaba con la foto del velero que acababa de comprar y una invitación. Acepté de inmediato.

Oigo un ruido y de un salto me levanto. Aguzo mis sentidos. Otro golpe seco. Busco de nuevo algo contundente con lo que me pueda defender, pero en el baño de un velero apenas hay espacio para una persona. Encuentro una maquinilla de afeitar y con un bote de perfume golpeo el cabezal hasta que libera dos pequeñas hojillas. Las sujeto con mis dedos apuntando a la puerta. Desesperada, me doy cuenta de que no servirán de nada si se abre. Sin embargo las presiono fuertemente hasta que de mis manos temblorosas comienzan a caer gotas de sangre. Con esa tinta escribo mis iniciales en el suelo, como si quisiera dejar constancia de que estuve aquí, quizás ante la posibilidad de que no me encuentren jamás.

Tardamos casi dos meses en recorrer el Mediterráneo. Tras superar los primeros mareos fue fácil acostumbrarse a esta nueva vida. Navegábamos cerca de tierra para contemplar los paisajes y pasear por los pueblos costeros. Nuestra plácida vida podía resumirse en navegar, nadar y hacer el amor. Philippe y yo comenzamos a tener una relación diferente. Nunca habíamos estado tan cerca, sin distracciones. Nos sentíamos felices y libres. Había días en los que apenas habábamos, pero nos sentíamos unidos, sincronizados y acompañados. Navegamos hacia el suroeste por toda la costa española. Algunos días se levantaba el viento y el Mediterráneo dejaba de ser el apacible mar que aparentaba, pero gracias a la radio siempre lográbamos anticiparnos y anclar en puerto antes de que la tormenta nos atrapara.

Ruidos. Comienzan espaciados, pero se hacen cada vez más rápidos. Desde donde estoy puedo sentir la vibración de los pasos rodeando la puerta. Contengo un gemido de terror, la garganta me arde de tanto apagar mis jadeos. Las hojillas apuntan en dirección a los pasos y se hacen ridículas a medida que se acercan. Escucho cosas que caen y se suman a los destrozos que ya hay afuera. De pronto un golpe en la puerta y un furioso forcejeo en la manilla.

Zarpar de Algeciras fue como dar un salto al vacío. Me daba vértigo abandonar la seguridad de la costa para arrojarnos a la inmensidad del Atlántico. Philippe sin embargo decía que la aventura empezaba ahora. Durante los primeros tres días no pude dormir tranquila. A nuestro alrededor solo habían dunas de agua que esporádicamente eran atravesadas por intimidantes buques mercantes. Todo era una bofetada de insignificancia. Sin embargo el sosiego se volvió terror cuando estalló sobre nosotros una tormenta que durante veinticuatro horas golpeó el velero y casi nos destroza. Este viaje ya no era un juego. Nos deslizábamos como un insecto sobre un inmenso músculo azul que podía aplastarnos si se le antojaba. Apenas hablábamos, la rutina era la misma cada día: turnos para navegar y comer. Philippe comenzó a perder el entusiasmo. Se levantaba cada vez más tarde y varias veces acabamos discutiendo porque me tocaba hacer más horas en mis turnos. Cuando no estaba al timón se tiraba a un lado de cubierta y yacía sin moverse durante horas, con la mirada perdida. Sólo comía porque yo le obligaba.

La puerta apenas aguanta los golpes. La cerradura se va deformando. Trato de contrarrestar los embates con mi pie y grito con todas mis fuerzas aunque nadie me pueda escuchar. Mi cerebro está encandilado por el terror, no puedo pensar. Sólo un recuerdo inútil aparece: el segundo antes de encerrarme aquí pensé que quizás debía estar cerca del mar para lanzarme si algo así ocurría, pero un primitivo, e idiota instinto me hizo creer que estaría mejor bajo techo, como en una madriguera, aunque no tuviera salida.

Una noche me topé con una mirada que me desconcertó. En los ojos de Philippe vi por primera vez algo mucho más turbio que un disgusto del que nos pudiéramos reconciliar. Lo realmente pavoroso era que tras su odio había un completo desconocido. Descubrí que durante sus turnos abandonaba el timón y dejaba el velero a la deriva. Por eso, aunque pasaban los días, las Islas Canarias no aparecían en el horizonte. Mis conocimientos de navegación no eran suficientes para reorientar el barco, hasta ahora había navegado bajo las instrucciones de Philippe; pero de nada sirvieron mis protestas, ruegos y hasta mimos para recuperarlo. Se limitó a mirarme con frialdad y sólo rompió el silencio para murmurar una frase que luego repitió gritando demencialmente:“por tu culpa vamos a morir aquí, puta” .

Vuelve el silencio. No me atrevo a moverme ni siquiera para pegar la oreja a la puerta. Empiezo a percibir, primero tenue y luego con intensidad un olor que reconozco aterrada: gas. Debe haber abierto las llaves de la cocina. Quiere ahogarme. Cuando veo las manchas de sangre que mis dedos han dejado por todo el baño, la furia sustituye al miedo: No pienso quedarme aquí. Presiono la manilla de la puerta y dando un empujón la abro lista para correr a cubierta y lanzarme al mar. Pero freno en seco. Philippe está sentado en la escalerilla obstaculizando el paso. El aire es casi irrespirable, pero a él no parece importarle. Con una sonrisa que define la locura me dice: “por tu culpa vamos a morir aquí”, saca un mechero del bolsillo y lo enciende.

domingo, agosto 10, 2008

Fragmentos de Furia


Un día, tras años de matrimonio ella le dice que se marcha. Dice que se ha dado cuenta que su vida no es lo que había imaginado. Él, atónito, le pregunta qué es lo que ha hecho mal. Ella le aclara que siempre ha sido un buen hombre y que no tiene la culpa. “La que ha cambiado soy yo” ¿Hay otra persona? No, siempre te fui fiel. Lo que ahora necesito es estar sola. Si no hay otro tiene que poder arreglarse. No quiero darte falsas esperanzas, no hay vuelta atrás ¿Quieres que me vista diferente? ¿Quieres que hagamos algo nuevo en la cama? ¿Quieres que lea más? Ella vuelve a decirle que no es algo que se pueda cambiar, simplemente no se siente feliz con su vida y quiere volver a estar sola ¿Y cuando ya no quieras estarlo? Querré otra vida, diferente a esta ¿Cómo lo sabes? Lo sé.

Semana tras semana, ella recibe las llamadas de él ¿Cómo estás? Pregunta ansioso. Bien ¿Cuándo vas a volver? No volveré. Quizás, después que lo pienses mejor ¿No me echas de menos? Sí, es difícil retomar la rutina sin ti, pero la costumbre no es motivo suficiente para que estemos juntos ¿Estás con alguien? ¿Carlos? ¿Cheo? Siempre le gustaste a Cheo. No hay otro hombre. Entonces vuelve y lo arreglamos aquí. Sólo quiero estar sola ¿Cómo me has dejado de querer de la noche a la mañana? No lo sé, pero sólo queda un afecto.

Mes tras mes él se desolla en la espera. No hay noche en que no se sumerja en lágrimas. No puede desprenderse de ella mientras crea que puede haber una solución. Para ella es cada vez más difícil mantener la calma. Sabe que él está tras esas llamadas a media noche en las que solo se escucha una respiración. Sabe que él la espía tras la vitrina de las tiendas. Sabe que él garabatea las notas que se cuelan bajo su puerta “Si al menos me dieras una razón para odiarte…” escribe en una.

Una tarde por teléfono él vuelve a rasgar su voz con las uñas de sus ruegos. Ella asume entonces que no hay otra solución. El siglo no continuará hasta que él tenga un motivo, hasta que en su versión no haya un engaño, un culpable, alguien que encarne la maldad. Los fragmentos de furia son más fáciles de recoger que los de tristeza. Así que resignada comienza a mentir: Tienes razón, hay otro hombre…

Al fin todo obedece a un guión que ya está escrito. En medio de insultos y reclamos, la voz de él va recuperando el aplomo de siempre, y antes colgar el teléfono, sin pizca de duda le espeta: No quiero volverte a ver, puta.

sábado, marzo 15, 2008

Esa típica fantasía


Día 1 Querido diario:
Hemos sobrevivido al aparatoso accidente. Solo sé que estamos en agún lugar en el Mar de Molucca, Indonesia. A pesar de la superpoblación mundial es sorprendente la cantidad de islas deshabitadas que aún quedan por estos lados. Hay mucha gente con ganas de irse a un lugar tranquilo, pero sólo si tiene electricidad y agua corriente. Aquí no hay nada de eso. A nuestro alrededor solo se ven palmeras, arena y océano. Hemos sacado algunas cosas del avión y con ellas hemos improvisado un refugio que nos ha quedado bastante bien. Tenemos todo lo necesario para sobrevivir unos días: comida, techo, un pequeño riachuelo del cual beber y hasta una libreta para iniciar este diario. Extrañamente no me siento angustiado, al contrario soy afortunado de presenciar este magnífico atardecer. De hecho muchos dirían que he cumplido la fantasía erótica más recurrente de la Tierra. Nadie creería mi suerte si les contara que llevaba a Angelina, la famosa estrella de cine, a un rodaje y ahora estamos solos en esta isla desierta.

Dia 4 Querido Diario:
Si le cuento a alguno de los amigos del bar que llevo tres días aquí sin poderme acercar a ella me lincharían; pero no ha sido fácil. Angelina es aún más hermosa en persona que en la pantalla. Sus ojos verdes marcan la pauta de una fría calma. La verdad es que no permiten ni un ápice de intimidad, ni siquiera de simpatía. Debe estar acostumbrada a desconfiar de aquellos que no son de su cerrado círculo de amigos y actores. Es normal, una estrella expuesta a la curiosidad de todos es susceptible de ser juzgada todo el tiempo, y desconfía de todo el que se le acerque. Hasta ayer me trataba como a un subordinado. Me llamaba su chofer, a pesar de que yo le aclaraba que soy piloto. Ella decía que es lo mismo pero en el aire. Sin embargo creo que empezamos a entrar en confianza. Hoy me ha preguntado mi nombre y por primera vez en tres días no me ha llamado imbécil por haber estrellado el avión. Creo que finalmente entendió que es una suerte haber salido vivos de esa tormenta. Hemos logrado recuperar casi todo el catering del que se hace acompañar Angelina siempre que viaja. No me permite tocar nada de su comida y se rie a carcajadas –risa divina- si le pido un sorbo de Veuve Cliquot. A pesar de eso no he pasado hambre pues he ido mejorando mis habilidades para abrir cocos con piedras. Creo que estamos cerca de algo más porque hoy, sin poner ninguna condición me ha dado un paquete de galletas saladas.

Día 8 Querido Diario:
Angelina tiene diarrea. Le dije que no intentara comerse los langostinos tras una semana sin congelación. Pero las estrellas son así. Al final he tenido que tirar al mar toda la comida que sobraba porque apestaba. De todas manera ella no pierde su encanto. Cuando corre da saltitos de gacela sobre la arena húmeda hasta ocultarse tras la piedra que ha designado como su baño particular.

Día 12 Querido Diario
Hoy me ha sonreído. Creo que al final mis aptitudes de pesca con la red que hice atando sus prendas de lencería le han llamado la atención. Es sorprendente lo útil que puede resultar el encaje, a fuerza de paciencia he logrado sacar hasta 8 sardinas al día. No es mucho pero con el hambre resultan apetitosas hasta para Angelina, que hoy ha acabado por pedirme un poquito. Suponía que tarde o temprano se aburriría de comer cocos. El paladar de una Estrella está hecho para la variedad y el exotismo. Por eso le he sugerido que al tragar la sardina piense que es sushi. A pesar de todo en las noches sigue sin dejarme entrar en el refugio. Duermo fuera aun con las tormentas tropicales que suelen estallar sobre nuestra isla, pero no me importa. Pocos hombres tendrían el privilegio de dormir tan cerca de ella y presumir de que cuidan su sueño de todo mal, sin embargo creo que tendré que mentirle a los amigos del bar.

Día 19 Querido Diario
Angelina tiene un extraño salpullido en el rostro pero parece no darse cuenta. Yo he logrado mantener una rutina que me mantiene ocupado. clavando un palo en la arena construyo todos los días un reloj de sol con el que rigurosamente administro una apretada agenda: me lavo en el río muy temprano, salgo a pescar, parto los cocos, recorro la isla en busca de algas alimenticias, oteo el horizonte buscando algún barco, hago un sudoku en la arena, enciendo una fogata, hago ejercicio. Intento que Angelina me siga; pero pasa el día tirada en la playa. se revuelca de desesperación hasta quedar como una croqueta, cubierta de arena de pies a cabeza y así yace todo el día hasta la hora de comer. Mientras se saca el espinazo de los dientes dice que mis sardinas son el precio que un imbécil como yo debe pagar por estar cerca de una Estrella como ella. Luego vuelve a tumbarse la arena.

Día 28 Querido Diario
Angelina llora. Dice que le habían prometido que la depilación láser duraría para siempre y a pesar de ello tiene más cañones que Navarone. Luego ha enumerado todos los tratamientos de belleza que se ha hecho y los que ya no se puede hacer. En el momento de mencionar la silicona me ha mostrado una teta. Los del bar no se lo van a creer. Soy el hombre con más suerte en el mundo, le he visto un pezón a Angelina... Sin embargo, extrañamente no me produjo nada. Me encogí de hombros y me fui a pescar.

Día 39 Querido Diario
No lo había notado, pero Angelina tiene días sin bañarse y la verdad es que esta isla es tan pequeña que es difícil encontrar un lugar que no huela a ella. Desde hace una semana va con las tetas al aire. Tiene más pelos que yo en las piernas, y sus cejas antes perfectamente delineadas se están volviendo un curioso mostacho que parece haber escalado su nariz. El salpullido no se le quita y ha adoptado el feo hábito de hacer sus necesidades fisiológicas (lo que se dice cagar) en cualquier parte de la isla. Simplemente dice, refiriéndose a mí: "Que lo limpie el chofer"

Día 45 Querido Diario
Durante mi vigorizante sesión matutina de escalada de palmeras, he sentido el ofensivo olor de Angelina. Me miraba desde abajo diciendo: "la verdad es que el chofer en el fondo no está tan mal". Al bajar del tronco me cogió la entrepierna, y me susurró en la oreja "vas a ver que es verdad todo lo que dicen de mi; soy un devoradora de hombres".

Día 48 Querido Diario
Esta puede ser mi última nota. El peligro es inminente, Angelina no deja de acercarse voluptuosamente y mientras se frota contra mi pierna amenaza con follarme al primer descuido. Le he rogado que se dé un baño antes y responde que ningún hombre en sus cabales le pediría eso a Angelina. Esta noche mientras duerme, zarparé en una balsa que he improvisado con restos del avión y que oculto al otro lado de la isla. Al carajo los amigos del bar.

miércoles, febrero 06, 2008

Máscara


El sábado de carnaval, Alicante enmascara a los personajes que normalmente la habitan. Resultan extraños y hasta ridículos los ancianos que conversan en la Explanada, los oficinistas resignados y los jóvenes que presumen de omnipotencia, porque esa noche lo común es ver romanos, payasos, hippies, y mil disfraces más que desde toda la ciudad son succionados por un remolino cuyo centro está en La Rambla. Los niños comienzan la fiesta y en la madrugada gobiernan los adultos en un ambiguo país que oscila entre lo pueril y lo perverso. El censo de habitantes incluye vendedores de bombas hidroneumáticas vestidos de Sevillanas, abogados con pelucas u odontólogas disfrazadas de lujuriosas vampiras. Casi todos arrastran sus disfraces por las pedregosas calles del Barrio Antiguo, donde arruinan los flecos y faralaes con las cervezas que encharcan el suelo de los pubs.

Al igual que otros años Paqui no se ha disfrazado; pero nunca pasa desapercibida. A pesar de sus tacones de 10 centímetros camina ágilmente por la acera y a cada paso sus pantorrilas se perfilan e invitan a los transeuntes a ascender por ellas sólo para acabar máldiciendo la minifalda que milagrosamente oculta el vértice. Un largo abrigo cuelga de sus hombros pero jamás lo cierra; prefiere pasar frío a ocultar esa turgencia en el pecho que a duras penas contienen los botones de su camisa. Su cabello castaño cubre calculadamente parte de su cara, sin embargo cuando se siente deseada, aparta las finas briznas con coquetería y deja al descubierto unas pestañas que atrapan las miradas como telarañas.

Entra en un local y pide ron con cocacola. Espera un rato y el resultado siempre es el mismo. No tarda en llegar un hombre que con una excusa poco ingeniosa busca conversación. Ella seduce y se deja seducir; pero cuando empieza a quedarse sin palabras y lo que queda es allanarle el camino al cuerpo, dice ofuscada que ya es tarde y que sus amigas la deben estar buscando. Sale a paso rápido y dobla un par de esquinas antes de entrar en otro pub y repetir la escena una, dos, tres veces más, hasta que un tímido color violeta retoña en el cielo.

Paqui vuelve a casa, se quita el relleno del sostén y duerme todo el domingo más por evasión que por cansancio. Prefiere no pensar que la noche ha durado muy poco, y que nada ha cambiado. Prefiere no recordar que aunque haya terminado el carnaval, mañana -tras afeitarse la incipiente barba- tendrá que disfrazarse con traje y la corbata, y como siempre tendrá que ir a la oficina para volver a ser Paco por 364 días más.

martes, diciembre 25, 2007

Disculpen que esta vez no haga ficción.



Siempre hemos sido una familia desmemoriada. Alguna vez hice preguntas sobre la niñez y juventud de mis padres, y descubrí que tras la celosía hay una distancia tan grande entre lo que fueron y lo que son que ni ellos mismos se reconocen en su pasado. Incluso aquellos tíos que han rastreado la heráldica en busca de algún antepasado glorioso son incapaces de hablar de esos pequeños sucesos, aparentemente intrascendentes, que fraguan esta masa amorfa que es su personalidad.

Quizás por eso no tengo idea de quién era mi abuela antes de mi aparición en este planeta. He podido escuchar en alguna conversación accidental que esos casi 50 años que me antecedieron fueron tremendamente tristes, y parece que mi abuelo tuvo mucho que ver en eso. No debe haber sido un matrimonio fácil cuando tras media vida juntos, ella se refería a él como “el señor T…” Menos aún si a esa edad en la que las parejas deciden que es mejor resignarse para no envejecer en soledad, ellos firmaban los documentos de divorcio.

Pero la que yo conocí no fue una mujer triste. Quizás ocultó a sus nietos muchas de sus angustias, pero nunca vi desaparecer su sonrisa. A diferencia de muchas señoras que creen honrar a sus maridos cediéndoles su fortaleza y jamás vuelven a recuperarla, ella se las arregló (con ayuda de sus hijos) para vivir sola y disfrutar su autonomía.

Y volvió a casarse. A diferencia de la mayoría puedo presumir de haber estado en la boda de mi abuela. Una tarde en la que todos fuimos igual de jóvenes se casó con R. , un hombre que había quedado aparcado en su adolescencia por alguna tontería, y que al reencontrarla supo ganársela diciéndole que, con sesentipico años, un divorcio y siete hijos a cuestas, seguía estando tan bella como la primera vez.

Se fueron a vivir al campo, a un pueblo que no aparece en los mapas (y no es un cliché), y allí resucitaron una pequeña finca de naranjos. Muchos dijeron que era una locura, que era una sentencia para dos viejos. Sin embargo fueron felices el tiempo que estuvieron ahí. Ella nos recibía con sus botas de goma y alguna herramienta para cuidar “sus maticas”. En cuanto te ponías cómodo sacaba una botella de cerveza y brindaba contigo buscando una razón para soltar una carcajada, mientras R. silbaba un bolero y cariñosamente la llamaba “su carricita”.

Pero las estampas bucólicas no duran para siempre, y diez años después el cáncer se comió a su marido. Por si fuera poco tuvo que desprenderse de su finca y entregarla a unos herederos indolentes. Creo que en ese momento comenzó a marchitarse, o quizás simplemente le tocaba envejecer. Sin embargo hasta hace poco decía que le aburría hablar con las mujeres de su edad porque “eran unas viejas”, hasta hace poco soñaba con montar un negocio con las prendas que tejía y al final siempre acababa regalando, y hasta hace poco se detenía en cada esquina para recoger “una matica”…

Disculpen que esta vez no haga ficción; pero prefiero evocar su carcajada porque sospecho que pronto dejará de sonar fresca en mi recuerdo. Hoy escribo para no ser un desmemoriado, o simplemente para sacudirme esa pequeña tristeza que se me ha instalado desde que hace unos días me enteré de su muerte, tan contundente a pesar de que ya la esperaba. Me toca pensar como ella tras la muerte de R. Aquella vez le escuche decir que había sido tan afortunada de estar con él que sólo podía estar agradecida, sin importar el tiempo que había durado.

martes, noviembre 27, 2007

Autores (y un pintor) que podrían haber rayado baños III



"La vida, ese pedazo de mierda con incrustaciones de diamantes"
Maruja Torres




"El sexo sin amor es una experiencia vacía. Pero como experiencia vacía es una de las mejores"
Woody Allen





"Al amor, al baño y a la tumba, se debe ir desnudo"
Enrique Jardiel Poncela





"El día que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo"
Gabriel García Márquez




-Say fuck me, then I´ll leave. Say it. Say fuck me. Whisper it. Fuck me. Say fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me, fuck me.


-Fuck me


-Some day honey, I will! But I gotta get going


David Lynch



Pintor: Miquel Barceló, "Lanzarote 27"

miércoles, octubre 31, 2007

36 grados


El niño se había despertado cuatro veces durante la noche. El padre arrastró los pies descalzos por el apartamento. Sus ojos aún cerrados intentaban prolongar unos minutos el sueño perdido. Los berridos rasguñaban las paredes antes de esparcirse en el silencio de la madrugada. Fue a la cocina, preparó el biberón automáticamente, las mismas cucharadas de cereal, la misma cantidad de leche de todos los días.

Encalló frente a su armario, sacó el último mono que quedaba limpio. En el baño se cruzó varias veces con su mujer, que sin dirigirle palabra, se ocupaba del niño. A veces ella decía como para sí misma frases sin esperar respuesta: “está irritado”, “esta ropita ya no le queda”. Él gruñía como si asintiera y se desnudaba para entrar al baño. “Recuerda que hoy, de camino al trabajo, te toca dejarlo en la guardería”.

Al salir del apartamento la mujer lo siguió con el niño en brazos. Ni una palabra en el ascensor, sólo un bostezo. Él encendió el destartalado coche mientras ella ataba al niño en la sillita de atrás. “Se está quedando dormidito. Dile a la maestra que otra vez pasó mala noche”. Él asintió y en cuanto sintió la puerta cerrarse arrancó. A pesar de tener el pelo aún mojado, las gotas de sudor comenzaban a deslizarse por su frente. Miró el termómetro de la farmacia. 30 grados y apenas eran las siete de la mañana.

Hoy toca limpiar las calderas en la planta. Para eso hay que bajar hasta el sótano y comenzar a desmontar la máquina todavía caliente. La única manera de soportar la temperatura es llevar varias botellas de agua para beber y hasta echárselas encima mientras se va desenroscando cada tuerca. Luego se limpia la superficie con un trapo. Lo más importante es que la piel no toque el metal ardiente. Tomó la avenida principal y el sol fue como una pedrada los ojos. El ruido de la otra caldera no se detiene ni un minuto y a pesar de los tapones de oído, la única solución es acostumbrarse. Giró en la rotonda.

La próxima semana comenzaba la huelga. Aún no había decidido si se uniría. Pero no podría librarse ya de las miradas de los compañeros, que esperaban su respuesta. Frente a eso no lucía tan malo lo de estar lejos de todo limpiando una caldera en el subsuelo. Siguió por la carretera y entre la bruma que aplastaba al horizonte aparecieron las tres chimeneas de la planta. Al cruzar el portón había varios hombres pendientes de quien llegaba. Se adentró tan lejos como pudo. Quería ganar tiempo y aparcó al final de la inmensa fila de coches. Un yunque de sol comenzaba a aplastar la corroída carrocería.

Al bajarse, vio que tres de sus compañeros se acercaban a él. “Si no vamos todos, la huelga se va a la mierda ¿Con quién estás?”, le preguntaron antes de dejarle entrar. Sin mirar a nadie recogió sus herramientas y se sumergió en las entrañas de la máquina hasta ser invisible. Vapor, martillo, llaves, ruido, grasa. Ya lo pensaría durante el trabajo. Pero últimamente hasta eso costaba. Quizás eran chasquidos y siseos ensordecedores de la planta, repetitivos hasta la inconciencia. Quizás desde el parto de su mujer, quizás desde que empezaron a hablar de reducir al personal. Antes podía tener la mente en otro lugar mientras trabajaba, razonar, hacer planes, tener ideas. Sin embargo había perdido esa habilidad elemental. Se quedaba con la mente en blanco en los momentos en que estaba solo. Era como si su cerebro, al igual que su cuerpo, estuviera cansado. Se podía pasar horas trabajando y al levantar la mirada era como si un mismo minuto se hubiera estirado hasta la hora de comer.

Sonó la sirena. Arriba hacía tanto calor como en la caldera. El termómetro marcaba 36 grados. Se unió en la fila del comedor a doscientos hombres sucios, con la ropa pegada al cuerpo, la frente goteando bajo el casco. Trató de comer en silencio, pero siempre había alguno alrededor que le preguntaba “¿con quién estás?”. A los compañeros les aterraba la posibilidad de que alguien rompiera la unión de El Movimiento. Es cierto que el sueldo es una mierda y es cierto que sobrevivir es una hazaña en esa planta a punto de venirse abajo; pero si acaban despidiendo a todos ¿Quién lo va a contratar? Acabó de comer y se encerró en el baño hasta que volvió a sonar la sirena.

Tarde de tuercas, de trapos sucios, de olores penetrantes, de sudor y de no pensar, de no estar siquiera. Que tus jefes no noten que andas por aquí. Que se olviden de ti cuando empiecen a tirar a la gente a la calle. Que seas invisible para los compañeros que aún creen que el único acto valiente es no tener miedo. Vapor, martillo, llaves, grasa y mucho ruido, dentro y fuera de la cabeza.

Sonó la sirena nuevamente. Se lavó la cara, se cambió de ropa y salió al aparcamiento. Un par de empleados pasaron corriendo a su lado con una vara de metal. Escuchó un fragor adelante. Estiró la cabeza y vio a los que corrían golpeando la ventana trasera de su coche. Estuvo a punto de gritar que se detuvieran, pero había horror en sus voces “¿Dentro del coche?” “¿Desde cuándo?” Era un pánico contagioso que hirió su pecho cuando tuvo la punzante sospecha. “¡Sacadlo!” “¿Respira?” Hizo en su mente el recorrido de esa mañana hasta el trabajo y no encontró la guardería. “Se está quedando dormidito”, recordó que dijo su esposa antes de meterlo en el coche. Comenzó a correr con un gemido en la garganta. ¡El niño! El niño... El niño...