martes, noviembre 28, 2006

Consuelo


Doña Consuelo despertó a las 7:00 en punto. Aunque seguía un poco fatigada le costaba dormir hasta más tarde. Se vistió lentamente y salió a la calle bien abrigada. Volvió con el periódico en la mano y una bolsita de pan dulce. El olor a café humedeciéndose en la media fue el evento que al fin le agregó un día al calendario. Sumergía el pan en la taza mientras ojeaba despacio el periódico. Leía de atrás hacia delante, comenzando con las crónicas de sucesos. Allí se quedó un rato mirando con atención las fotografías de los asesinos y los asesinados. Trató de imaginarlos hablando, gesticulando; hasta que le empezaban a parecer familiares. Pasó la página y sobrevoló las noticias políticas. Los deportes tampoco le interesaban en absoluto. Pasaba cada página como asomándose al otro lado del muro. De pronto se detuvo; un nombre le había llamado la atención: Leopoldo González Hernández. Su respiración se detuvo unos instantes. Sus fuerzas menguaron al punto de dejar caer la página. Releyó varias veces el nombre y la lista de personas que invitaban al sepelio hasta que las lágrimas anegaron la estrecha ruta a sus pulmones. El llanto desbordó la presa y la corriente no tardó en arrastrar todo a su paso. Las gotas hipeaban al caer sobre el diario. Con los dedos buscó infructuosamente alguna textura diferente sobre el nombre de la funeraria. El entierro sería a las 11:00. Las pantuflas se arrastraron sobre la alfombra hasta el escaparate, y allí las manos temblorosas perdieron la ruta para desenganchar un vestido negro. Bajo la ducha sus lágrimas tuvieron la última oportunidad antes de ocultarse.


Se bajó del autobús sin haber advertido la presencia de otros pasajeros. Los deudos reunidos formaban una mancha en la puerta de la funeraria que salpicaba los alrededores. Doña Consuelo se fue sumergiendo en aquel obscuro fluido sin ser sentida. Miró con severidad a quienes bromeaban en la puerta y pasó desapercibida frente a los que lloraban consternados. El ataúd flotaba en medio de la habitación sostenido por los sudores, las lágrimas y el olor de las coronas ansiosas por marchitarse. Se adhería a las paredes el murmullo de un monótono rosario. No tuvo el valor de mirar dentro del féretro. Prefirió ir directamente a una delgada figura sostenida en la silla por un hálito indeciso. La abrazó con delicadeza y susurró "sentido pésame". La viuda, automáticamente, sin estar segura de dónde empezaba el dolor, ni siquiera de sentirlo ya, apenas levantó su enrojecido rostro para agradecer.


Una desconocida interrumpió su camino a la salida para abrazarla. Cada una sintió en sus brazos que la vida volvía con la calma del llanto huido. Los gimoteos emparchaban los huecos de sus frases: "Fue un hombre bueno", "¿Qué va a hacer ahora su mujer?" "Levantó a su familia". Se despidieron con un "La vida continúa" y doña Consuelo retomó su lento paso hacia la cafetería. Pidió un café y un sándwich. El empleado titubeó un instante; pero acabó por servirle sin ocultar su desprecio. Ella, orgullosa, pensó que la vejez no justifica humillaciones, pero ayuda a soportarlas mejor. Halló una silla libre en una discreta esquina y se sumó al grupo que rezaba. Entre misterio y misterio, algunos la sacaban de su sopor para darle el pésame con compasiva mirada. Ella los contemplaba hipnotizada y asentía al vaivén de "Santa María Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores...".


Cuando llegó el cura supo que había llegado su momento de partir. Oculta por la ceremonia, cruzó las puertas. La calle mojada trazó el reflejo de la sombrilla que esgrimió, y se evaporó despacio en la garúa.


El alma pesa menos cuando se ha vaciado de lágrimas. Interrumpida por largos suspiros cenó una magdalena mojada en café. Al quitárselo sintió que una grata levedad en el vestido negro. Tras haber llorado tanto, el luto dejaba de estar en la tela. Lo colgó cuidadosamente. Rezó un rosario bajo la seguridad del San Miguel que colgaba en la pared. Suspiró aliviada. Durmió.


Despertó a las 7:00 en punto. Se vistió lentamente y salió a la calle bien abrigada. Volvió con el periódico en la mano. Mojaba el pan dulce en el café con leche mientras ojeaba despacio las páginas. Leía de atrás hacia delante, comenzando con las crónicas de sucesos. De pronto se detuvo; un nombre le había llamado la atención: Roberto Pérez Martínez...

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10 Comentarios:

Anonymous lennis escribió...

"El alma pesa menos cuando se ha vaciado de lágrimas"

¡Chamo, que frase tan hermosa! De esas que uno quisirea haber escrito. De hecho todo el texto está lleno de frases hermosas que me hicieron reir y llorar y ya sé que yo lloró muy fácilmente, pero las dos cosas a la vez no se dan muy seguido.

Como siempre tus historias no tienen desperdicio.

Besos y abrazos desde Caracas.

5:10 PM  
Anonymous lennis escribió...

Quise decir lloro, pero ya ves, eso es lo que pasa cuando se escribe emocionada.

5:13 PM  
Blogger Linus Lowell escribió...

Lennis:

Me cuesta llorar. Me cuesta tanto que a veces duele. Por eso, cuando finalmente ocurre, el alivio es inmenso. Doña Consuelo salió un día a la calle a llorar lo que yo no podía.

Gracias.

10:34 AM  
Anonymous Orisha escribió...

Orisha:

Hola,

Después de pasar varios días sumergida en la lectura de Bajtín y Genette, de intentar comprender los textos desde posturas narratológias estructuralistas y otras más sociológicas, me alegra leer algo sin tener que esgrimir un sólo comentario teórico. Me alegra mucho más que ese algo haya sido un muy buen texto, que haya sido el primer texto en esta mañana antecedida de noches y lecturas..¿pesadas?
Sólo diré esto: me gustó mucho. Y creo que tengo derecho a hacerlo ¿cierto?, simplemente así, con la tranquilidad que regala el placer de unas buenas líneas. Simplemente : me gustó mucho.
Es grato volver a encontrar un relato aquí...
Por favor, no dejes que el mundo exterior consuma tus días y tus noches, robándote la dicha del encuentro con la palabra,
Saludos.

2:36 PM  
Blogger Linus Lowell escribió...

Orisha:

Puedes empezar cualquier crítica envolviéndola en Bajtín y Genette; pero te aseguro que el autor estará ansioso de romper el empaque, como un niño en Navidad, para encontrar en el fondo de la caja esa única y resplandeciente frase: "Me gustó".

Gracias.

11:11 AM  
Anonymous condesa olenska escribió...

Creo que es uno de los textos más hermosos que has escrito.

8:15 AM  
Blogger La voz escribió...

Genial!
de veras me gustó mucho este post
y el blog en general.
Genial

12:38 AM  
Anonymous Anónimo escribió...

Espectacular!
Tiempo sin visitarte por esta, tu casa. Voy a ponerme al día. Me encanta como escribes.

Por el momento solo resta desearte lo mejor para el año que entra. Disfruta el descanso que brindan estos días y vuelve a escribir. Tienes tu publico aquí!

No dejes de escribir, Linus. El poder va de la mano del querer.

Te dejo un abrazo lleno de encanto y cariño...

Hasta pronto.

11:42 AM  
Anonymous Anónimo escribió...

precioso... lo tuyo engancha...

8:04 PM  
Blogger Linus Lowell escribió...

Condesa:

Despiertas del letargo y pasas por aquí... Gracias


La Voz:

Estre tus blogs hay uno que parece primo del mío. Me gustó mucho. Iré por allá a rayar tu muro.

4:57 PM  

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