jueves, octubre 26, 2006

Un Alto Ejecutivo


Cuando se escucha el llamado para embarcar el avión, Julio espera unos minutos antes de ponerse en la cola como todo el mundo. No hay prisa, le habían dicho que los asientos están numerados. Que nadie se dé cuenta de que este es el primer avión que toma. Los que viajan por negocios como él son tipos sofisticados, calmados, acostumbrados a viajar y a los aeropuertos.

Ella lee un libro, pero él cree que sólo está fingiendo desinterés. Viste un conjunto impecable, formal. Su pelo rubio está anudado en torno a un palito oriental, un toque desenfadado. Es el tipo de mujer que seguro se interesa sólo por hombres de mundo, y Julio hoy ha logrado ser uno de ellos.

Cuando ella guarda el libro, Julio simula un bostezo y comienza a ponerse de pie lentamente, sincronizando sus movimientos para quedar en la cola justo tras su cabellera dorada. Podría jurar que ella dejó pasar antes a una pareja para quedar cerca de él. Es imposible que ella no esté rendida por él con esta ropa que compró ayer. “Look casual - semi formal” le dijeron en la tienda; camisa negra, jeans y una chaqueta marrón. Desenfadado, pero elegante. Así son los ejecutivos cuando no están trabajando. Lo sabe porque lo ha visto en la televisión.

La cola avanza rápidamente. Justo después que su chica se aleja, una empleada de la línea aérea le pide el boarding pass, y él, con seguridad, lo saca de su chaqueta. Acelera el paso y la alcanza en la puerta el avión. Observa sorprendido el fuselaje que se conecta con el túnel. Metal blanco, y liso como un gigantesco tubo de pasta dental.

Sigue las indicaciones de la aeromoza para encontrar su puesto y para su sorpresa es justo el de al lado de la rubia. Calma. Que no te note demasiado contento. Que te vea indiferente y desenvuelto como un viajero experto. Es el momento de demostrar que eres un tipo sofisticado.
Sonríe a la chica cortésmente. “Buenos días” responde ella al tiempo que le devuelve un relámpago de sonrisa. Él, aún deslumbrado, se acomoda.
El asiento tiene botones. Pulsa el más grande y el respaldar se inclina en un segundo. Pega un salto y queda erguido en la silla como un mástil. Se da cuenta que nada malo pasa con la silla y se tranquiliza. Todo son facilidades para los ejecutivos. Se tumba en la silla en una exagerada postura que intenta parecer cómoda. Hay que lucir relajado, confiado. Descubre una palanquita frente a él y la gira. Da otro salto para atajar aquel pedazo de asiento que de pronto se cae. Resulta ser una mesita. Piensa rápidamente y pone ahí una revista que está más abajo. Quizás ella no ha notado nada. Quizás ella también está sorprendida. Seguro que no todos los aviones tienen esa inconveniente tablita colocada ahí.

Comienza a ponerse nervioso. Empieza a sudar cuando el avión se mueve, y aunque trata de ser un ejecutivo calmado que lee una revista en su asiento no puede disimular el miedo. Al otro lado de la fila un pasajero se persigna. Él quisiera hacer lo mismo; pero quién ha visto a un ejecutivo que reza. Viajar en avión tiene que ser como ir en carro para un tipo como él, y nadie se persigna al conducir.La aeromoza se acerca por el pasillo y se detiene a su lado con una mueca de desaprobación para decirle a todo volumen “por favor coloque su asiento en vertical y pliegue la mesa para el despegue”. Él, torpemente, intenta volver a fijar la mesita y luego da con la forma de arreglar el asiento. Está tan avergonzado que lo que ahora quiere es quedarse muy quieto para que su vecina olvide su existencia por el resto del viaje. Solo tiene que secarse el sudor y mantenerse sin tocar nada hasta llegar.

Pero ahora aparece esa inoportuna presión entre las piernas ¿Por qué no aprovechó en el aeropuerto? Van a ser dos horas interminables. Pero ni se le ocurriría preguntarle a la aeromoza, porque todos los altos ejecutivos saben que en los aviones no hay baños, así que junta las piernas lo más fuerte que puede. Solo queda aguantar…

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