Der fliegende Holländer
Etiquetas: La bragueta solitaria
Había escogido un apartamentito en De Wallen. Le habían dicho que era una zona turística. Y ahora estaba ahí, rellenando cuatro paredes en un tercer piso de la Warmoestraat. Acababa de despedirse de la dueña y se había quedado sola con las llaves en la mano, queriendo que acabara de una vez lo que apenas comenzaba. Se acercó a la ventana y el paisaje la tranquilizó. Al pie de los antiguos y coloridos edificios se alineaban decenas de bicicletas. Gente variopinta iba de un lado al otro y el cielo vespertino se reflejaba en el canal. Silvia se sentó en la cama y en un segundo cayó dormida. Su cuerpo pedía descanso y su mente, un escape.
Despertó a las tres de la mañana, desorientada por el jetlag. Arrastró los pies hasta la ventana y descubrió que la vista se había transformado. Un letrero al otro lado del canal iluminaba su habitación: “Chikita´s Sex Paradise”. En la entrada de ese lugar podía ver una gran fotografía de un hombre que frotaba su pelvis con la de una joven de lasciva mirada. Pero lo que le dejó atónita fue que por toda la calle podían verse mujeres contoneándose casi desnudas en vitrinas iluminadas por cálidas luces rojas o alucinantes ultravioletas. Silvia cerró la ventana espeluznada ¿Qué hago aquí? Repetía una y otra vez mientras presionaba compulsivamente el cuello de la camisa como si alguien le fuera a quitar la ropa. En Caracas siempre había sido una chica correcta, protegida de “la desvergüenza criolla” gracias a una exquisita y carísima educación. “Es que somos medio europeos”, solían decir en su casa. Lo que nunca hubiera sospechado su madre es que apenas llegar a Europa encontraría eso de lo que la habían protegido tanto. Cómo podría contarles que ella misma había elegido, sin saberlo, vivir junto a una calle de de prostitutas. Cerró las ventanas y se metió en la cama completamente vestida a pesar del calor veraniego.
Al día siguiente la dueña del apartamento se ofendió ante sus quejas: “Cualquiera estaría encantado de vivir ahí a ese precio”, le dijo. Caminó por todo Ámsterdam buscado otro apartamento; pero se rindió al darse cuenta de que no podía pagar una nueva fianza. Volvió tan cansada que la segunda noche, aunque tampoco se quitó la ropa, durmió profundamente.
Despertó con la idea de encontrar un trabajo. Con eso, más lo que le enviaban sus padres, podría cambiar de casa en poco tiempo. Sin embargo no sabía hacer nada. Las pocas veces que había trabajado en el negocio familiar habían sido para “entretener a la hija del dueño”. Fue un argentino quien le permitió entrar a la cocina de su restaurante. El sueldo era mínimo; pero eran euros. La única condición fue que si se escuchaban tres golpes de cucharón debía salir por la puerta trasera para evitar a la policía o los inspectores del trabajo. Aquello encarnaba lo que una dama de la sociedad caraqueña no debía hacer. Pero Silvia respiró aliviada; aquí no había quien se lo pudiera decir. Lavó platos con entusiasmo; era la primera vez que iba a recibir dinero a cambio de hacer algo necesario.
Aquella noche no escondió la cabeza debajo de la almohada. Se puso un pijama, se acostó y examinó el techo del apartamento; le habían dicho que la casa era del siglo XVIII. Se preguntó cuantas personas habrían dormido bajo esas vigas de madera. Antes de cerrar los ojos murmuró: “no está tan mal”.
Las noches fueron cayendo como fichas de dominó. Cuando empezó a ir a la universidad ya era ayudante del cocinero. No le habían aumentado el sueldo pero le alcanzó para comprar una bicicleta usada. Una amiga la invitó a comer pannekoeken, y le gustaron tanto que a los dos meses ella misma los pedía en holandés. La idea de huir del apartamento se fue disipando con cada ramo de tulipanes que llevó para alegrar el comedor. La ventana, al principio sellada como una escotilla, fue cediendo y ya el verano siguiente pasaba día y noche abierta con los bazos extendidos al Barrio Rojo.
La noche antes de su vuelta a Caracas, Silvia no pudo dormir. Miró con ternura el torso de Mark. Él dormía plácidamente en la cama que habían compartido tantas veces. Paseó desnuda por el apartamento y se asomó por la ventana sin importarle ser vista por los transeúntes. Sabía que nadie se fijaría en ella. Su cuerpo era solo un trazo borroso entre las provocativas vitrinas de los alrededores. En todo caso le daba igual. Suspiró con nostalgia y miró al canal. Sabía a qué ciudad volvía, pero ya no sabía dónde quedaba su hogar. Se dio la vuelta y volvió a la cama para despertar a Mark. Quería que le contara por última vez la leyenda del Holandés Volador, aquel barco fantasma que zarpó de Ámsterdam y fue condenado a no volver a puerto nunca más.







6 Comentarios:
Linus "El Lucho" Lowel, me encantó esta historia en la pared de tu baño. Desde este puerto te mando un gran abrazo. Me encantaría verlos pronto por puertos criollos.
Carlos!
Tú eres uno de esos "Holandeses Voladores" a los que va dedicada esta raya en la pared. Qué bueno saber de ti.
Un abrazo
Genial al historia...Muy buena...
Pues todo un descubrimiento! Que historias tan fascinantes y contadas tan sabroso de leer. Mira que me cuesta encontrar blogs que me atrapen y el tuyo lo ha hecho. Seguiré viniendo, hay mucho que leer.
Gracias!
Querido Linus: Como siempre una historia sin desperdicios. Te reitero que es muy grato pasar por aca a leerte. Me gustaría recomendarte un texto que Gustavo Valle publicó en su columna en Ficción Breve, se llama Un nómada en casa. Cuando lo leí pensé mucho en ti y en todos los panas que están fuera de Venezuela.
Cosa curiosa, hace como tres o cuatro semanas que estoy por escribirte y siempre lo dejo para después. Tal como dice Gustavo en su texto.
Aquí te dejo el link. http://www.ficcionbreve.org/ensayos/esquir05.htm
Ojalá puedas leerlo
Besos.
Lennis:
La paranoia de ser olvidado por los amigos es absolutamente cierta, y sobre todo la angustia de que no puedan entender por lo que uno está pasando. Por eso respiras tranquilo cuando alguien como tú encuentra un texto que explica tan bien lo que a uno le cuesta tanto. Lo leí con un nudo en la garganta. Describe exactamente lo que se siente, incluso mejor porque le ha dado respuestas a algunas de las preguntas que, como extranjero, aún me rondan por la cabeza.
Mi historia quizás esta alcanzando el párrafo 12: "el lugar soy yo, y yo no sé donde me encuentro."
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