miércoles, julio 18, 2007

Parasitosis


El diagnóstico era aplastante: cáncer con posible metástasis. El tratamiento sería largo y doloroso: una, quizás dos operaciones, quimioterapia, radioterapia, y apenas había un 50% de posibilidades de éxito. Al salir del hospital, ella se desplomó en la acera. Él la tomó en sus brazos y aunque pesaba más que de costumbre la levantó en vilo calmadamente. La sentó en un banco y la acarició hasta que poco a poco volvió en sí. Ella se enganchó a su cuello temblando como una niña asustada. Él se desprendió a tiras su consternación y la intentó consolar en carne viva. Vamos a superarlo, le dijo él con una forzada sonrisa, tenemos la mitad de las posibilidades. Ella asintió sin mirarle para que no reconociera en su rostro la mitad que ella ya daba por hecha.

La actitud es lo más importante, le decían, y ella se aferraba a esa frase como si fuera un elixir. Él siempre encontraba algo divertido que decir para restarle importancia a la enfermedad. Hubo días en que incluso lograron olvidarla por unos minutos. Desdoblamientos momentáneos en que parecían volver a su vida anterior. Pero el terror siempre volvía. Mientras más se hundía ella, más se esmeraba él en mantenerse en pié porque “somos más fuertes que esto”.

Al principio ella obtenía energía del empeño de él. De hecho parecía necesitarlos cada vez más para no desvanecerse. Él se entregaba por completo; tenía un chiste para cada momento, y una sonrisa que desarmaba cualquier presagio funesto. Sin embargo cada vez era más difícil animarla. Por mucho que él se esforzara, ella se sumergía cada día más en una tristeza indisoluble. Varias veces él estuvo a punto de abandonar, de dejar que el dique se desmoronara para que entrara el abatimiento. Después de todo, también necesitaba consuelo, también necesitaba para sí esas fuerzas que ella se llevaba.

A veces, en el hospital, ella se dormía y él al fin podía concentrase en sí mismo. En esos momentos se sentía tranquilo, aliviado de no tener que fingir fortaleza. Era cuando del silencio surgía un pensamiento perverso. Una hiedra ponzoñosa que él había cortado tantas veces como había aparecido. Sin embargo tenía demasiado terreno para brotar y repetirle que había dado mucho más de lo que iba a recibir. Sin embargo sacudía la cabeza y arrancaba la raiz. La realidad era que sin él, ella quedaría perdida, vulnerable, y bastaba con que ambos se dejaran abatir para que la enfermedad aprovechara ese flanco indefenso para abrirse paso. La actitud es lo más importante, se volvía a decir.

En el velorio alguien comentó que aunque él se había esforzado todo el tiempo en mantenerla tranquila ella se había derrumbado desde el principio. Alguien dijo también que era increíble que el cáncer hubiera avanzado tan rápido a pesar de su eterno buen humor. El único amigo de él se quedó en casa. Decía que no quería verla, que ella lo había matado. Que desde el día en que se conocieron él se había dedicado a hacerla feliz luchando inútilmente con su eterna tristeza. Que el cáncer fue solo una consecuencia de años de entrega, de asfixiar sus emociones a costa de llenarla de sonrisas. Que ella nunca se sació. Que incluso estando moribundo tuvo que gastar sus últimas energías aparentando que estaba mejor, porque ella no soportaba pensar en una vida sin él.

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