lunes, septiembre 01, 2008

Un músculo azul

No sé qué pasa afuera. No sé cuanto tiempo llevo aquí, atenta, callada. Aunque el miedo me ha quitado el hambre el único sonido que me ha sobresaltado es el de mi estómago, que ha rugido un par de veces para demostrar que debo llevar muchas horas sin comer. Mi respiración se ha hecho queda y no quiero hacer ningún movimiento que me delate ni que me impida escuchar cualquier sonido. Afuera no hay donde huir, pero aquí tampoco estoy segura, sólo he ganado un poco de tiempo.

Me da por recordar la cena en Montpellier. Fue la última vez que comimos en tierra antes de zarpar. Philippe estaba radiante; habíamos empezado a salir hacía tres años y desde entonces planeaba este viaje. Decía que no estaba hecho para estar encerrado en una oficina y que trabajar solo servía para pagar un sueño: comprar un velero y darle la vuelta al mundo. Todos los veranos desde que tenía diez años zarpaba con sus padres, pero lo que ahora él quería era una experiencia de absoluta libertad, condicionada solo por las estaciones, las mareas y los vientos. Yo apenas había navegado, pero una noche llegué a casa, harta de mi trabajo, de los vecinos, de las noticias del periódico y de un futuro que parecía lleno de hartazgos. Philippe me esperaba con la foto del velero que acababa de comprar y una invitación. Acepté de inmediato.

Oigo un ruido y de un salto me levanto. Aguzo mis sentidos. Otro golpe seco. Busco de nuevo algo contundente con lo que me pueda defender, pero en el baño de un velero apenas hay espacio para una persona. Encuentro una maquinilla de afeitar y con un bote de perfume golpeo el cabezal hasta que libera dos pequeñas hojillas. Las sujeto con mis dedos apuntando a la puerta. Desesperada, me doy cuenta de que no servirán de nada si se abre. Sin embargo las presiono fuertemente hasta que de mis manos temblorosas comienzan a caer gotas de sangre. Con esa tinta escribo mis iniciales en el suelo, como si quisiera dejar constancia de que estuve aquí, quizás ante la posibilidad de que no me encuentren jamás.

Tardamos casi dos meses en recorrer el Mediterráneo. Tras superar los primeros mareos fue fácil acostumbrarse a esta nueva vida. Navegábamos cerca de tierra para contemplar los paisajes y pasear por los pueblos costeros. Nuestra plácida vida podía resumirse en navegar, nadar y hacer el amor. Philippe y yo comenzamos a tener una relación diferente. Nunca habíamos estado tan cerca, sin distracciones. Nos sentíamos felices y libres. Había días en los que apenas habábamos, pero nos sentíamos unidos, sincronizados y acompañados. Navegamos hacia el suroeste por toda la costa española. Algunos días se levantaba el viento y el Mediterráneo dejaba de ser el apacible mar que aparentaba, pero gracias a la radio siempre lográbamos anticiparnos y anclar en puerto antes de que la tormenta nos atrapara.

Ruidos. Comienzan espaciados, pero se hacen cada vez más rápidos. Desde donde estoy puedo sentir la vibración de los pasos rodeando la puerta. Contengo un gemido de terror, la garganta me arde de tanto apagar mis jadeos. Las hojillas apuntan en dirección a los pasos y se hacen ridículas a medida que se acercan. Escucho cosas que caen y se suman a los destrozos que ya hay afuera. De pronto un golpe en la puerta y un furioso forcejeo en la manilla.

Zarpar de Algeciras fue como dar un salto al vacío. Me daba vértigo abandonar la seguridad de la costa para arrojarnos a la inmensidad del Atlántico. Philippe sin embargo decía que la aventura empezaba ahora. Durante los primeros tres días no pude dormir tranquila. A nuestro alrededor solo habían dunas de agua que esporádicamente eran atravesadas por intimidantes buques mercantes. Todo era una bofetada de insignificancia. Sin embargo el sosiego se volvió terror cuando estalló sobre nosotros una tormenta que durante veinticuatro horas golpeó el velero y casi nos destroza. Este viaje ya no era un juego. Nos deslizábamos como un insecto sobre un inmenso músculo azul que podía aplastarnos si se le antojaba. Apenas hablábamos, la rutina era la misma cada día: turnos para navegar y comer. Philippe comenzó a perder el entusiasmo. Se levantaba cada vez más tarde y varias veces acabamos discutiendo porque me tocaba hacer más horas en mis turnos. Cuando no estaba al timón se tiraba a un lado de cubierta y yacía sin moverse durante horas, con la mirada perdida. Sólo comía porque yo le obligaba.

La puerta apenas aguanta los golpes. La cerradura se va deformando. Trato de contrarrestar los embates con mi pie y grito con todas mis fuerzas aunque nadie me pueda escuchar. Mi cerebro está encandilado por el terror, no puedo pensar. Sólo un recuerdo inútil aparece: el segundo antes de encerrarme aquí pensé que quizás debía estar cerca del mar para lanzarme si algo así ocurría, pero un primitivo, e idiota instinto me hizo creer que estaría mejor bajo techo, como en una madriguera, aunque no tuviera salida.

Una noche me topé con una mirada que me desconcertó. En los ojos de Philippe vi por primera vez algo mucho más turbio que un disgusto del que nos pudiéramos reconciliar. Lo realmente pavoroso era que tras su odio había un completo desconocido. Descubrí que durante sus turnos abandonaba el timón y dejaba el velero a la deriva. Por eso, aunque pasaban los días, las Islas Canarias no aparecían en el horizonte. Mis conocimientos de navegación no eran suficientes para reorientar el barco, hasta ahora había navegado bajo las instrucciones de Philippe; pero de nada sirvieron mis protestas, ruegos y hasta mimos para recuperarlo. Se limitó a mirarme con frialdad y sólo rompió el silencio para murmurar una frase que luego repitió gritando demencialmente:“por tu culpa vamos a morir aquí, puta” .

Vuelve el silencio. No me atrevo a moverme ni siquiera para pegar la oreja a la puerta. Empiezo a percibir, primero tenue y luego con intensidad un olor que reconozco aterrada: gas. Debe haber abierto las llaves de la cocina. Quiere ahogarme. Cuando veo las manchas de sangre que mis dedos han dejado por todo el baño, la furia sustituye al miedo: No pienso quedarme aquí. Presiono la manilla de la puerta y dando un empujón la abro lista para correr a cubierta y lanzarme al mar. Pero freno en seco. Philippe está sentado en la escalerilla obstaculizando el paso. El aire es casi irrespirable, pero a él no parece importarle. Con una sonrisa que define la locura me dice: “por tu culpa vamos a morir aquí”, saca un mechero del bolsillo y lo enciende.

12 comentarios:

parafrenia dijo...

wow... el manejo de los tiempos que se encuentran es alucinante... y lo mejor que no sabemos cual fue la causa que moivo la locura de Philippe

muy bien logrado

Ophir Alviárez dijo...

Qué historia! Es tan precisa la narración que el lector queda satisfecho y asombrado aunque no consiga develar respuesta alguna.

Me cautivó.

Un saludo,

OA

Linus Lowell dijo...

Newton / Ophir:

Esta vez agradezco especialmente que se hayan tomado el tiempo de leer porque es un post largo.

La historia está basada en lo que me contó una mujer francesa en La Gran Sabana. Hasta allí había llegado tras escapar del velero de su novio que, enloquecido por la travesía, la había encerrado en un camarote y amenazaba con matarla. La única explicación que ella encontraba a la súbita locura de él era la soledad y la monotonía del océano.

lademiddel dijo...

Vaya...qué fácil es de leer y quedar enganchado a la historia...se construye tan paso a paso...me dejas sin palabras y eso es buena señal.
Me ha encantado!

MANDALAS POEMAS dijo...

Hola, un placer visitarte.Una muy buena combinación de las letras con las imagenes. Te invito muy cordialmente a mi blog: www.mandalaspoemas.blogspot.com

Desde Barranquilla, Colombia te envío un fuerte abrazo.

Víctor

Justine dijo...

hola, hace eones que me escribiste pero no encontraba la manera de reedireccionar el link a tu blog por el navegador que tenía.
Tu narrativa es de la que engancha, me recuerda un poco este texto al de la vieja sirena por aquello del mar, la desesperación y la supervivencia entre otras cosas
un saludo
Justine

Georgia dijo...

EXCELENTE......

Hector Francisco Silva dijo...

Me gusta mucho cómo escribes. Sobre todo la certeza de tus frases, eso engancha y no deja nada a la vaguedad.
:)

nano dijo...

.:.

el miedo tiene tantos caminos...

.:.

HATOROS dijo...

BUENA HISTORIA

Comprar reductil dijo...

Siempre me resultaron interesantes las historias tras los escritos, me ha encantado la redaccion!

Tetonas me gustan dijo...

me ha costado leerlo, no se ve bien el texto con ese fondo