miércoles, febrero 06, 2008

Máscara


El sábado de carnaval, Alicante enmascara a los personajes que normalmente la habitan. Resultan extraños y hasta ridículos los ancianos que conversan en la Explanada, los oficinistas resignados y los jóvenes que presumen de omnipotencia, porque esa noche lo común es ver romanos, payasos, hippies, y mil disfraces más que desde toda la ciudad son succionados por un remolino cuyo centro está en La Rambla. Los niños comienzan la fiesta y en la madrugada gobiernan los adultos en un ambiguo país que oscila entre lo pueril y lo perverso. El censo de habitantes incluye vendedores de bombas hidroneumáticas vestidos de Sevillanas, abogados con pelucas u odontólogas disfrazadas de lujuriosas vampiras. Casi todos arrastran sus disfraces por las pedregosas calles del Barrio Antiguo, donde arruinan los flecos y faralaes con las cervezas que encharcan el suelo de los pubs.

Al igual que otros años Paqui no se ha disfrazado; pero nunca pasa desapercibida. A pesar de sus tacones de 10 centímetros camina ágilmente por la acera y a cada paso sus pantorrilas se perfilan e invitan a los transeuntes a ascender por ellas sólo para acabar máldiciendo la minifalda que milagrosamente oculta el vértice. Un largo abrigo cuelga de sus hombros pero jamás lo cierra; prefiere pasar frío a ocultar esa turgencia en el pecho que a duras penas contienen los botones de su camisa. Su cabello castaño cubre calculadamente parte de su cara, sin embargo cuando se siente deseada, aparta las finas briznas con coquetería y deja al descubierto unas pestañas que atrapan las miradas como telarañas.

Entra en un local y pide ron con cocacola. Espera un rato y el resultado siempre es el mismo. No tarda en llegar un hombre que con una excusa poco ingeniosa busca conversación. Ella seduce y se deja seducir; pero cuando empieza a quedarse sin palabras y lo que queda es allanarle el camino al cuerpo, dice ofuscada que ya es tarde y que sus amigas la deben estar buscando. Sale a paso rápido y dobla un par de esquinas antes de entrar en otro pub y repetir la escena una, dos, tres veces más, hasta que un tímido color violeta retoña en el cielo.

Paqui vuelve a casa, se quita el relleno del sostén y duerme todo el domingo más por evasión que por cansancio. Prefiere no pensar que la noche ha durado muy poco, y que nada ha cambiado. Prefiere no recordar que aunque haya terminado el carnaval, mañana -tras afeitarse la incipiente barba- tendrá que disfrazarse con traje y la corbata, y como siempre tendrá que ir a la oficina para volver a ser Paco por 364 días más.

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