Máscara
Etiquetas: La bragueta solitaria
Al igual que otros años Paqui no se ha disfrazado; pero nunca pasa desapercibida. A pesar de sus tacones de 10 centímetros camina ágilmente por la acera y a cada paso sus pantorrilas se perfilan e invitan a los transeuntes a ascender por ellas sólo para acabar máldiciendo la minifalda que milagrosamente oculta el vértice. Un largo abrigo cuelga de sus hombros pero jamás lo cierra; prefiere pasar frío a ocultar esa turgencia en el pecho que a duras penas contienen los botones de su camisa. Su cabello castaño cubre calculadamente parte de su cara, sin embargo cuando se siente deseada, aparta las finas briznas con coquetería y deja al descubierto unas pestañas que atrapan las miradas como telarañas.
Entra en un local y pide ron con cocacola. Espera un rato y el resultado siempre es el mismo. No tarda en llegar un hombre que con una excusa poco ingeniosa busca conversación. Ella seduce y se deja seducir; pero cuando empieza a quedarse sin palabras y lo que queda es allanarle el camino al cuerpo, dice ofuscada que ya es tarde y que sus amigas la deben estar buscando. Sale a paso rápido y dobla un par de esquinas antes de entrar en otro pub y repetir la escena una, dos, tres veces más, hasta que un tímido color violeta retoña en el cielo.
Paqui vuelve a casa, se quita el relleno del sostén y duerme todo el domingo más por evasión que por cansancio. Prefiere no pensar que la noche ha durado muy poco, y que nada ha cambiado. Prefiere no recordar que aunque haya terminado el carnaval, mañana -tras afeitarse la incipiente barba- tendrá que disfrazarse con traje y la corbata, y como siempre tendrá que ir a la oficina para volver a ser Paco por 364 días más.






